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Últimas palabras con el cónsul
Antes de dejar su cargo a finales de mes, el cónsul de México en Santa Ana conversó con Excélsior y compartió impresiones
/ Reportera de Excélsior
 
   
Los empleados del consulado de México están tristes porque Luis Miguel Ortiz Haro muy pronto los dejará. (Armando Brown/Fotógrafo de Excélsior)
01/25/2008- Son las tres y, a pesar de que el consulado lleva una hora cerrado, una línea de gente aún espera. En su oficina, Luis Miguel Ortiz Haro escucha algunos de los últimos casos que escuchará como cónsul de la ciudad de Santa Ana.

Este es el último mes en el que Ortiz Haro estará a cargo del consulado, una posición que ha ocupado durante más de cinco años y que, según él, sabía que en algún momento tendría que dejar, aunque también admite que no será fácil hacerlo.

“Esto tiene reglas que uno conoce desde que llega. El gobierno decide cuándo empieza uno y cuándo termina”, dijo Ortiz Haro. “Lo que pasa, claro, es que después de cinco años y medio y del tipo de trabajo que he hecho aquí, muy cerca de la comunidad, uno ha generado afectos”, añadió.

Y la comunidad ha generado estos mismos afectos hacia él, por lo que la noticia de que se va le ha causado tristeza a varios residentes del condado.

Aída y Leobardo Avilés son dos de estas personas.

En noviembre de 2006, después de años de dolores intensos, Leobardo fue diagnosticado con piedras en la vesícula biliar. Pero, como no tenía los medios financieros para cubrir los gastos, los doctores sólo le recetaban medicina para calmar el dolor. Mientras la enfermedad avanzaba, Leobardo acumulaba miles de dólares en gastos médicos. Fue entonces cuando Aída se comunicó con el cónsul.

“Él nos dijo ‘los quiero ayudar, yo quiero ayudarlos, pero todavía no sé como’”, recuerda Aída.

Días después, Leobardo fue operado con la ayuda de Ortiz Haro que, según Aída, colectó fondos de amistades y conocidos para financiar la operación.

“Gracias a él mi esposo está vivo”, dijo Aída. “Le salvaron la vida Dios y el cónsul”.

Este es sólo uno de los casos que el cónsul ha ayudado a resolver. Con un promedio de 40 a 50 visitas diarias durante los últimos cinco años, Ortiz Haro se ha vuelto parte de la vida de muchos mexicanos en la comunidad y se siente feliz de haberlo hecho.

“Ha sido una gran oportunidad de conocer a la propia gente, sus trayectorias, sus problemas, de poder ayudar, de no siempre poder resolver las cosas pero sí siempre hacer un segundo, un tercer intento por resolverlas.”

Ortiz Haro recuerda su llegada a Santa Ana y dice sentirse muy satisfecho de lo que ha logrado.

“Quería cambiarle la cara al consulado, abrirlo, hacerlo más cercano a la gente, y creo que lo conseguimos”, dijo Ortiz Haro.

A fines de 2007, cuando Ortiz Haro recibió la noticia de que sería destituido, la comunidad reaccionó con descontento.

“Me da coraje que quiten a una persona que verdaderamente ayuda aquí en el condado”, dijo Leobardo. “No sabemos si la otra persona que van a mandar va a tener la misma disponibilidad y el mismo amor hacia la gente como para ayudar como este cónsul ha ayudado”, añadió.

Pero Ortiz Haro parece resignado y planea regresar a México cuando termine el año escolar, ya que sus hijas asisten al colegio aquí.

Para Ortiz Haro esto no es algo malo.

“La verdad es que aunque aquí se vive bien siempre uno termina extrañando a la familia, la convivencia que tenemos en México”, dijo Ortiz Haro. “La verdad es que los cuatro extrañamos México igual que la mayor parte de los mexicanos que estamos aquí”, añadió.

Pero el hecho de que regrese a México no significa que vaya a dejar de trabajar.

Según Ortiz Haro desde muy pequeño él quería trabajar en algo que le permitiera ayudar a la gente. Hasta ahora así lo ha hecho y no tiene intención de descansar.

“¿Descansar? ¡No! A descansar el día que me muera”, dijo Ortiz Haro a la vez que contestaba su teléfono, que no dejaba de sonar. “Llame a este número, es de emergencias”, le dice a la otra voz en el teléfono.

Fuera de su oficina aun hay gente esperando ver al cónsul. Quizá porque tienen preguntas, quizá porque tienen preocupaciones, quizá para contarle su caso o quizá simplemente para decirle adiós.

 
 
 
 
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