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Un pueblo de barro y plomo

Santa Fe de la Laguna es un pueblito de Michoacán que vive de la alfarería; lo malo es que su única industria es la que lo ha envenenado... además de envenenar a otros
Tradición Peligrosa: Tariacuri Máximo Guzman lame un tazón mientras su madre Griselda trabaja con la greta, un barniz a base de plomo. Alfareros, quienes ganan 2.50 dólares al día, dicen que continúan trabajando con ese tipo de barniz por cuestiones de costo. (Fotos por ANA VENEGAS)
SANTA FE DE LA LAGUNA
 


The Orange County Register

Santa Fe de La Laguna, México

Griselda Máximo Guzmán moja sus delgados brazos en el balde para batir el barniz amarillo llamado greta. Parece una mezcla de pastel.

Embarazada y un poco cansada en este fresco día de otoño, zambulle cientos de ollitas de barro en el balde. El barniz que usa es un compuesto de casi puro plomo, un veneno que puede causar abortos espontáneos o daños cerebrales cuando se ingiere o se absorbe a través de la piel.

Pero es así como la madre de Máximo embarnizaba las ollas. Y así lo hacía su abuela. Y su bisabuela.

Casi todos lo han hecho así en Santa Fe de la Laguna, una aldea en el estado de Michoacán. Por siglos, es así como se han ganado la vida. También es la manera en que la aldea se ha contaminado, convirtiéndose en la parada más triste en la trayectoria de la industria mexicana del dulce, industria que produce 620 millones de dólares en ganancias por año.

Cada año, las familias le dan forma a las ollas, las embarnizan y las cuecen en estufas de leña. Después, miles de ollitas de Santa Fe se llenan con dulce que se convierte en veneno al absorber el plomo del barniz.

El dulce es una pulpa pegajosa hecha de tamarindo. El uso de ollas de barro para el dulce de tamarindo es una vieja tradición en México, donde los cocineros también muy a menudo usan otros productos de cerámica como jarrones, cazuelas y platos.

La trayectoria de los dulces contaminados con plomo se extiende hasta ciudades fronterizas como Tijuana y llega hasta el Condado de Orange. Éstos dulces en ollas son algunos de los más peligrosos. Hoy en día, ya casi no se encuentran en el Condado de Orange, pero están disponibles en San Diego por dondequiera. Tan recientemente como el 2002, se consideró a los dulces como una posible fuente de envenenamiento por plomo de un niño en La Habra.

Los dulces envenenan a niños en ambos lados de la frontera y pueden ocasionar bajos coeficientes intelectuales y problemas de salud. En Santa Fe, los funcionarios de la escuela creen que los barnices con plomo han causado que los niños tengan problemas de aprendizaje. Y las mujeres dicen que han tenido dolores estomacales, abortos involuntarios y padecido de esterilidad.

A lo largo de toda la trayectoria del dulce, hay problemas que pudieran evitarse si los funcionarios de salubridad tomaran medidas, si las fallas en las leyes norteamericanas sobre comida fueran resueltas y si los fabricantes mexicanos dejaran de producir dulces contaminados, descubrió una investigación de The Orange County Register.

Pero en ningún lugar la falta de responsabilidad es tan devastadora como en este pueblito de seis mil habitantes, muchos de las cuales viven en casas de adobe, algunos de los cuales pasan hambre mientras tratan de ganarse la vida con las ollas embarnizadas que cuecen en sus propias casas.

Sin la alfarería, la economía de Santa Fe se extinguiría. Los aldeanos dicen que tienen que hacer las ollas con greta porque la greta produce ese brillo tan precioso que los clientes quieren.

Funcionarios de salubridad de México dicen que tienen problemas de salud más urgentes en un país donde los niños en áreas rurales aún mueren de desnutrición. Y los residentes del pueblo dicen que es demasiado difícil y costoso usar barnices sin plomo.

Además, mucha de la gente del pueblo no cree que el plomo es un problema, ya que los síntomas no son obvios.
“Dicen que no hace daño y están totalmente contaminados con plomo”, dijo Virgilio Pérez Negrón Medrando, del Departamento de Salud Ambiental de Michoacán. “Aquí la gente que no trabaja, no come. Dicen ‘mejor morir de plomo que morir de hambre’”.

The Register visitó la aldea en octubre y contrató a un equipo médico para que les hiciera análisis de sangre a los niños del pueblo. De los 92 que se examinaron, a 87 se les diagnosticó envenenamiento por plomo; algunos con niveles hasta cinco veces el nivel máximo establecido por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos.

LA HISTORIA DE LA GRETA

Hechas a mano: La familia Máximo embarniza ollas a mano con un barniz a base de plomo. Las familias en este pueblo han usado la greta desde hace más de 500 años.
Santa Fe es una comunidad de indígenas tarascos, donde el lenguaje predominante es el Purépecha y después es el español, si es que se habla. Pese a la pobreza, esta aldea al lado de un lago tiene un poco de fama ya que una vez se grabó ahí una telenovela.

Los orígenes de los tarascos, quienes se cree tuvieron su auge en una época que se remonta al siglo XII, no son muy claros. Para cuando llegaron los españoles en los años 1500, los tarascos estaban en guerra con los aztecas, tenían su propio lenguaje y se especializaban en la metalurgia. También fabricaban ollas de barro.

Hoy, los descendientes de esos tarascos fabrican todo tipo de ollas, para cocinar, guardar comida o decorar, con el brillo tan particular de la greta. También los hacen para envasar dulce.

Tan solo una de las empresas de dulces les compra casi x 260 mil ollitas al año a los alfareros de la aldea, cuyas habilidades con el barniz de plomo datan de la época colonial.

Los españoles, a manera de desagravio después de matar miles de tarascos durante la conquista, les presentaron la greta como regalo. Aún hoy en día, una olla embarnizada con greta es considerada muy especial y poco se hace por reducir los riesgos, tanto para el alfarero, como para el consumidor.

En 2003, el gobierno de México comenzó a regular el uso de los barnices con plomo, pero la ley no se ha hecho cumplir. Un periodo de gracia indefinido se les concedió a los alfareros para que tengan tiempo de adaptarse.
Los trabajadores de salubridad del estado están frustrados, ya que dicen que los negocios prometieron no vender la greta que se utiliza en las comunidades indígenas.

“Pero vemos que la greta todavía esta ahí”, dijo Pérez, funcionario de salubridad de Michoacán que se encarga de educar a los alfareros acerca de los peligros del barniz con plomo en este estado que cuenta con cuatro millones de residentes.

Pérez ha conducido talleres para enseñarle a los alfareros cómo usar los barnices sin plomo, pero con 20 mil familias que hacen ollas no ha podido llegar a más que a una fracción de ellas. Además, ha sido recibido con enojo y amenazas de parte de algunos alfareros temerosos de perder su sustento.

Cientos de millas de Santa Fe, en Guanajuato, en una fábrica que produce el barniz, los trabajadores usan máscaras y ropa protectora y se les examinan sus niveles de plomo cada seis meses.

Pero a la mayoría de alfareros en Santa Fe no se les hacen análisis para determinar si están intoxicados por plomo. Nadie aquí usa máscaras, ni guantes, ni ropa de protección. Pocos entienden los efectos del envenenamiento por plomo, aunque en las bolsas de greta vengan impresas advertencias serias de no inhalarla, de lavarse las manos después de usarla y de mantenerla alejada de la cocina.

Las advertencias están en español, un lenguaje que la mayoría de los alfareros no pueden leer.

Muchas madres saben que la greta es mala porque sus abuelas las ahuyentaban de ella o les contaban cuentos de algún niño que murió después de comerla.

Pero pocos saben que el exponerse al plomo puede causar problemas del riñon, de aprendizaje, convulsiones y esterilidad. Pocos saben que el plomo puede colarse en los huesos, quedarse ahí por años y causar daños irreversibles.

Y pocos saben que los niños son los que más corren peligro.

PELIGROS PARA LOS NIÑOS
Ponen mucha atención: Los niños observan cómo se realizan los análisis de sangre en la clínica de Santa Fe de la Laguna. El pueblo produce cerámica vidriada con un barniz a base de plomo; esto ha envenenado a los niños del lugar.

Tariacuri, el hijo de la alfarera Griselda Máximo Guzmán quien lo nombró en honor a un rey tarasco, es un típico niño de cinco años. Juega con luchadores de plástico que andan regados por el piso de tierra de su hogar.

Al niño de ojos alegres le gusta pintar animales de campo, arte que su madre muestra en las paredes con orgullo. También juega futbol; lanza su cuerpecito de 40 libras al juego con todas sus fuerzas.

Nació prematuro y tenía problemas de respiración. Su madre, quien está embarazada con su segundo hijo, dijo que hoy en día Tariacuri es un niño generalmente alegre y saludable. Sus maestras le han dicho que es inteligente.

En este día de octubre, le hace compañía a su madre mientras ella embarniza ollas en su casa. En Santa Fe, la alfarería es cosa de familia; las abuelas hacen las ollas a mano, madres e hijos las embarnizan y los maridos las venden en festivales a lo largo de México.

El marido de Máximo no está aquí para ayudar. Él, junto con otros hombres de la aldea, están en un peregrinaje de un mes a la basílica de la Ciudad de México para orarle a la Virgen de Guadalupe, caminando de día y durmiendo en los campos de noche.

Mientras que Máximo trabaja en las ollas, Tariacuri se sienta cerca de ella. Aunque él no tiene síntomas evidentes de envenenamiento por plomo, sus niveles resultaron ser de 47.2 microgramos cuando se le analizó la sangre en el día de exámenes organizado por The Register en octubre.

El plomo se mide en la sangre en microgramos por décima de litro de sangre. Si el nivel llega a, o rebasa los 10 microgramos es considerado insalubre y algunos científicos dicen que aún cantidades más pequeñas pueden ser dañinas.

Los niños con niveles de plomo en la sangre como los de Tariacuri corren peligro, dicen los expertos.

“Desafortunadamente, muchos de los chiquillos con un nivel de plomo en la sangre de 47 pueden no mostrar síntomas y mientras tanto el plomo insidiosamente se devora su capacidad intelectual”, dijo Howard Hu, profesor de la facultad de Salud Pública de la Universidad Harvard. “Algunos niños pueden tener síntomas, y habrá cosas como dolores de cabeza, falta de atención, algunos dolores abdominales e irritación. Síntomas indeterminados, poco precisos, que hacen difícil que los médicos sospechen”.

De los 92 niños que fueron examinados en octubre en el evento organizado por The Register, sólo cinco tenían niveles de plomo normales, y dos de ellos apenas si pasaron. Quince resultaron con niveles suficientemente altos para que el coeficiente intelectual, la audición y el crecimiento puedan ser afectados; 28 con niveles que afectan el sistema nervioso; 23 con niveles que debilitan los huesos; 10 con niveles que disminuyen la habilidad del organismo para producir glóbulos rojos; dos con niveles que también causan dolores de estómago y nueve con niveles donde los problemas podrían incluir daños a los riñones y anemia.

Se les hizo una encuesta a las familias para determinar la fuente del plomo. Casi todas las familias trabajan en la alfarería y de esas, casi todas trabajan con barniz con plomo. La mayoría tiene a sus niños cerca mientras trabajan, lo que eleva sus posibilidades de ser expuestos al plomo.

Los resultados de los análisis de sangre que patrocinó The Register indignaron a los expertos en plomo de los Estados Unidos.

“¡Que barbaridad! Es increíble”, dijo Robert Lynch, un profesor asociado de Salud Ambiental de la Universidad de Oklahoma, quien ha realizado estudios sobre la relación entre el dulce mexicano y el plomo.

“Esos niños están en graves problemas”, agregó. “Esos niños van a tener problemas muy notables, cuando pasas los primeros siete años de tu vida con un nivel de plomo de 60. Creemos que con un nivel de 5 ya tienes problemas. El nivel debería de ser cero”.

José Luis Bautista Cortez, el director de una de las escuelas primarias de Santa Fe, dice que el 70 por ciento de los 213 estudiantes sufren de problemas de aprendizaje. El cree que el plomo tiene algo que ver con esto, aunque muchas cosas, incluyendo la barrera del lenguaje, contribuyen a que los niños no aprendan bien.

EL PLOMO TODAVÍA VENDE
 

Los problemas de los dulces en ollas se han conocido por una década. El estado de California emitió una alerta de salud en 1993 cuando se encontraron altos niveles de plomo en los Picarindos, unos dulces que vienen en ollas cerámicas embarnizadas hechas en Morelia - ciudad que queda como a una hora en coche de Santa Fe. Una cucharadita de ese dulce expuso a los niños a una x dósis de plomo 70 veces mayor de lo que recomienda la Administración de Fármacos y Alimentos (FDA) sea el límite diario de plomo.

Se han hecho algunos cambios: menos dulces en ollas llegan a California ahora que hace una década, de acuerdo a la gente que los compraba y los vendía.

Pero las fábricas aún producen el barniz de greta y lo envían a los alfareros, quienes continúan envenenándose a si mismos y a sus familias. Y los empaquetadores de dulces continúan comprando las ollas embarnizadas con plomo y llenándolas con jalea de tamarindo. Un representante de ventas de una de las empresas de dulces más grandes de México, calcula que el 15 por ciento de todo el dulce de tamarindo en México aún viene en las ollas tradicionales de cerámica, muchas de las cuales son vidriadas con el barniz con plomo.

En Michoacán, uno de los estados más pobres y rurales de México, ni el departamento estatal de salud, ni los hospitales regionales tienen los recursos para conducir análisis de contenido de plomo, pese a que el estado es un centro tradicional de la alfarería.

Los funcionarios de salud de Michoacán dijeron que no necesitan de análisis de sangre para saber que hay altos niveles de plomo en Santa Fe. Están muy al tanto del problema que existe ahí y en las aldeas vecinas.
Pero señalan que los recursos son limitados y los presupuestos insuficientes.

“Hay mayores prioridades: la desnutrición, diabetes, bronquitis”, dijo Joel Nicolas Martínez Cruz, director del Hospital General Regional número 1 de Morelia, la capital de Michoacán, reconocida por sus tradicionales dulces. “En el hospital no tenemos la tecnología para analizar la sangre”.

En Santa Fe, los niños aún pasan hambre. El doctor local dice que tiene 50 casos de niños desnutridos, cinco con tal gravedad que pueden morir.

En respuesta a los hallazgos de The Register, el gobierno estatal tiene planeado proveer con regularidad comida con altos contenidos de hierro y calcio, los cuales reducen la absorción de plomo, a los niños y mujeres embarazadas de Santa Fe.

Máximo frunce el ceño cuando los doctores le dicen sobre los altos niveles de plomo de Tariacuri el día de exámenes que organizó The Register. Le explican los efectos del envenenamiento por plomo cuando los niveles son altos: desarrollo mental más lento, dolores estomacales, daño a los riñones. Le instan a que le dé más hierro y calcio a su hijo.

Ella permanece callada, con incertidumbre. ¿Podría la greta ser tan mala? Después de todo, ha sido usada por su familia por varias generaciones. Y muchos mexicanos incluso la usan para curar dolores estomacales o como un anticonceptivo.

Pero sí es así de mala. El barniz está compuesto en su mayoría de plomo. Con cuatro meses de embarazo, Máximo ahora se preocupa de cómo el plomo afectará al hijo que lleva dentro.

Máximo, quien sólo cursó hasta el sexto de primaria, comenzó a hacer ollas para dulces cuando tenía doce años, sentada en el piso de tierra al lado de su madre. Obtenían el barro de un campo en las afueras del pueblo y luego lo secaban en el patio. En la cocina amasaban el barro, aplanándolo y dándole forma a las ollas con las manos.
La gente aquí gana como 2.50 dólares por día haciendo ollas. Hay 650 talleres familiares de alfarería. Solo cinco usan barnices sin plomo y hasta ellos admiten que están perdiendo dinero ya que nadie está comprando sus ollas. No brillan como las ollas con greta.

Máximo no sabe cómo podría dejar de usarla. Los clientes exigen ollas brillantes y no quieren saber sobre el envenenamiento por plomo. Y si ella no las hace, su vecina las hará.

Es cuestión de la oferta y la demanda. Y hay gente que definitivamente aún quiere sus ollas. Gente como Doña Mecha.

LAS HISTORIAS DE UNAS VENDEDORAS

Cultura: Mujeres Purépecha lucen sus coloridos rebozos durante la celebración a San Nicolás en Santa Fe de la Laguna. La tradición de la alfarería en ésta aldea ha perdurado por siglos

Una de las personas más exitosas de Santa Fe no és de Santa Fe. No es tarasca. No habla el purépecha. Y no se pasa los días haciendo o embarnizando ollas.

Mercedes Ramírez Campos, conocida como Doña Mecha, le compra ollas a las mujeres de la aldea y luego las vende. Originaria de Veracruz, se casó con un lugareño y puso una tienda.

Su tienda está situada en la carretera que pasa por Santa Fe, tentando a los turistas con tazas de café con decoraciones, platos relucientes y jarrones brillantes.

La tienda también está surtida con cientos de las ollitas que van a cinco clientes que las llenan de dulce de tamarindo mezclado con chile en polvo. Judith Sarmiento, una mujer de Michoacán, compra 260 mil ollas por año de Santa Fe de la Laguna. Además, compra el chile de un mercado en Morelia, donde una muestra del mismo que fue analizada por The Register resultó tener altos niveles de plomo.

Las golosinas en ollitas que x fabrica Sarmiento, bajo la marca La Colonial, se venden en San Diego y Tijuana, a donde muchas familias mexicoamericanas van a surtirse para las fiestas de los niños. The Register contrató a un laboratorio que encontró niveles de plomo de 26 partes por millón en los dulces empaquetados en las ollitas que tienen aproximadamente una pulgada de diámetro.

Para ver los efectos de la filtración [del plomo] de la olla, el laboratorio también examinó el dulce que queda en la orilla de las ollas. Tenía niveles de plomo de 100 partes por millón, 200 veces el límite de plomo en los dulces establecidos por la FDA.

Oficiales estatales y federales no han analizado dulces de La Colonial.

Sarmiento, madre de dos hijos, está orgullosa del negocio de empaque de dulces que ella y su marido han construido. Tienen 12 empleados y recientemente compraron una computadora. Están asombrados de que su producto contenga plomo.

Esto no le sorprende a Doña Mecha, quien ya ha escuchado sobre el plomo en la greta.

“¿Qué otro trabajo van a hacer?” preguntó Doña Mecha. “Porque hubo un tiempo en que la gente no iba a trabajar por lo del plomo. Pero francamente me sentí mal por ellos. ¿Qué van a comer? ¿Qué van a hacer? Porque ellos viven de esto. Ahora dicen que hace daño ¿Verdad? Yo no me he muerto. Todavía estoy aquí”.
Es una mujer de negocios muy práctica. Va a seguir comprando las ollas porque las van a seguir haciendo. El pueblo no puede cambiar de repente, dice. No después de tantos años.

NO ES FÁCIL CAMBIAR

Pruebas de sangre: Mujeres y niños se forman durante el día de exámenes patrocinado por el periódico The Register en la clínica de Santa Fe de la Laguna. Los doctores dicen que los niños y las mujeres son los más propensos al envenenamiento por plomo y que los niveles de contaminación en éste pueblo son especialmente altos.

¿Por qué los alfareros simplemente no dejan de usar el barniz con plomo? ¿Por qué no usan los barnices sin plomo que están disponibles? Parece tan sencillo.

No lo és.
Los esfuerzos de los trabajadores del gobierno estatal mexicano y las organizaciones no lucrativas para que los aldeanos abandonen la greta no han tenido éxito. Tratan de animar a los alfareros a que usen guantes, pero los artesanos insisten que necesitan sentir con sus manos cuando la greta ha alcanzado la consistencia exacta para barnizar las ollas.

El estado lleva a cabo talleres para exhortar a los artesanos a que usen estufas de gas, en lugar de estufas de leña, dado que el gas es más eficiente en cuanto a las temperaturas que los barnices sin plomo requieren. En los talleres también les demuestran como usar esos barnices.

Nada ha funcionado. Pocas personas asisten a los talleres. Están luchando contra más de 500 años de historia, una cultura que se niega a aceptar y barreras económicas.

María del Rosario Lucas, de 40 años y madre de dos hijos, trabaja con un pequeño grupo de mujeres que educan a la aldea sobre los peligros de la greta. El grupo se llama Uarhi, que significa “mujer” en purépecha.

Las mujeres, de pocos estudios, recientemente aprendieron español para así poder hablar sobre la greta. Pero no todos quieren escucharlas. Cuando otra mujer del grupo Uarhi dió una entrevista para la televisión sobre la greta, los aldeanos la insultaron, diciendo que de por si las cosas andaban mal económicamente.

La reacción no detuvo a las integrantes de Uarhi, quienes dicen que conocen personalmente los peligros del plomo. Lucas y su doctor creen que ella perdió a su bebé debido al envenenamiento por plomo. Tuvo un aborto involuntario en su segundo trimestre. “El plomo mata a tu bebé poco a poco. No lo uses”, le dijo su doctor.

Otra mujer en el grupo Uarhi cree que es estéril debido a que vende greta desde su casa. Una tercera cree que se enfermó de vómitos diarios y bajó de peso porque ella también vende greta.

Las mujeres comenzaron a hacer ollas sin plomo, pero era como aprender un nuevo oficio. Se han pasado el año pasado gastando horno tras horno de ollas, mientras experimentaban con el barniz sin plomo.

Una hornada se pegó a las parrillas porque las mujeres no tomaron en cuenta las distintas fórmulas del nuevo barniz. La siguiente hornada salió descolorida. La siguiente se veía arañada.

Cuando las mujeres intentaron vender algunas de las tazas ligeramente dañadas, se las rechazaron. Las mujeres ahora sorben café de estas tazas durante sus reuniones regulares.

Los aldeanos dicen que los barnices sin plomo son más costosos, no están tan disponibles y requieren de temperaturas más altas y exactas en hornos de gas.

Un horno de gas cuesta 60 mil pesos, como unos 6 mil dólares; el salario de varios años de una familia. Casi todos aquí usan hornos de tierra que queman leña a temperaturas más bajas y menos precisas.

Además dicen que el experimentar con los nuevos barnices toma bastante tiempo, y esto resulta en pérdida de ingresos y en que una familia no coma por un día.

Pero los trabajadores de salud de Michoacán no están de acuerdo. Dicen que los barnices sin plomo están disponibles, son baratos y pueden ser cocidos en hornos de madera.

Pérez, el trabajador estatal encargado de educar a los alfareros, dice que los residentes simplemente están poniendo pretextos.

“No, no es cierto. No han siquiera tratado. Esto se puede aprender en dos o tres sesiones. Es una excusa. Los que han experimentado con este sistema te dirán que si es posible”, dijo Pérez. “Hay otros barnices”.

Pero los alfareros del pueblo dicen que eso no ha sido su caso. Y dicen que los clientes quieren ollas brillantes y las que son hechas con barnices sin plomo no se venden bien.

Mientras tanto, las mujeres de Uarhi han cambiado su campaña educativa, enfocándose más en los niños de las escuelas primarias. Es mejor comenzar a educar a la nueva generación de artistas que quizás tengan actitudes más abiertas.

“Queremos una vida mejor que la que tuvieron nuestros padres. Queremos que nuestros hijos tengan una vida mejor que la que tenemos nosotros”, dijo Lucas.

Y SIGUE LA TRAYECTORIA
Encienden el horno: Francisco Máximo Gabriel (arriba) arregla la cerámica embarnizada en el horno de madera localizado en la cocina de la familia. La familia se ha dedicado a la alfarería por generaciones. Recientemente, su nieto Tariacuri González Máximo resultó tener altos niveles de plomo en su sangre que pueden afectar sus órganos y el desarrollo del cerebro y el sistema nervioso.

Mientras que cae la noche en el pueblo, los hombres descienden de las colinas verdosas; sus burros van cargando montones de leña para los hornos. Al bajar, divisan el neblinoso lago y las parpadeantes luces de una aldea vecina.

Una procesión religiosa con velas serpentea por las calles empedradas de Santa Fe.

En la plaza, el corazón de la aldea, las mujeres venden pececillos que pescaron en el lago. Los ancianos descansan en las bancas, mientras que las abuelas animadamente llegan a la iglesia.

Los hombres jóvenes brillan por su ausencia en la aldea. La mayoría se han ido a los Estados Unidos, a lugares como California u Oregón, para ganar más dinero de lo que se gana vendiendo ollas. Unos cuantos jovencitos se agrupan esta noche en las esquinas, tomando cerveza, aburridos.

Las madres regresan de la tienda de la esquina hacia sus casa; andan envueltas en rebozos. Los niños dan brincos alrededor de ellas.

Muchas camionetas llenas de ollas pasan por donde va la procesión religiosa. Pasan ruidosamente por la plaza, a la vez que los ancianos cabecean, las abuelas rezan sus rosarios y los jovencitos aburridos se recargan en la esquina.

Las camionetas van rumbo a Morelia, donde los fabricantes de dulces llenarán las ollas con la pasta de tamarindo y chile. Sin embargo, Morelia no es siempre la última parada.
Algunas veces estos dulces terminan en los Estados Unidos.

Keith Sharon y William Heisel, reporteros, y Michael Doss del centro de investigación de The Register contribuyeron a este reportaje.


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