Medio siglo de experiencia
POR JORGE RAMOS
Columnista Sindicado
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03-21-08. Cumplo 50 años.
Y hago una pausa. Ya pasé más de la mitad
de mi vida y, afortunadamente, hay un par de cosas que
he aprendido y otras que me resisto a aceptar. Este
es mi estado de cuentas.
Mi primera observación es sobre la brevedad de
la vida. Es un cliché mayúsculo. Pero
cada año que pasa es proporcionalmente más
rápido que el anterior. Sí, el tiempo
es relativo. Un año para mi hijo es eterno; para
mí, en cambio, vuela.
Desde luego, por más que quiera estirarla, ya
no puedo aplicarme la palabra "joven". Hay
mañanas en que soy un lejano espectador de mí
mismo y no reconozco al que está semiborroso
en el espejo. No hay negación. Los achaques,
las arrugas, las canas y las mañas están
todos ahí. Pero lo curioso es que mi cuerpo y
mi mente no registran todavía el cinco y el cero
y se sienten, digamos, de otra edad.
Me explico. Los hombres a principios del siglo pasado
se morían, en promedio, al cumplir la edad que
ahora tengo. Vivo en tiempos extras gracias a los avances
de la nutrición, la medicina y la tecnología;
unos perfectos desconocidos alargaron mi vida. Gracias.
El montón de años, sin embargo, no te
hace automáticamente más listo. Conozco
a demasiados viejos cascarrabias. Pero sí ayuda
a estar más consciente de todo. Ahora aprecio
más los momentitos que antes dejaba pasar sin
atención. Y por eso, sólo por eso, creo
que vivo mejor.
La segunda observación es sobre lo inesperado
en la vida. Pasan tantas cosas fuera de nuestro control
que a veces resulta una proeza cumplir con todas las
citas de un solo día. Trato frecuentemente de
engañar al calendario planeando con varios meses
de anticipación. Pero sé que es una trampa.
La vida no es previsible ni justa. Aún me asombro
al darme cuenta de que estuve mucho más cerca
de morirme en un tontísimo accidente de tránsito
en una mañana soleada que cubriendo cinco guerras.
Eso no tiene mucho sentido ¿verdad?
Mi tercera observación, y me apena, por adelantado,
que le moleste a algunos, es que, con la edad, han crecido
mis dudas sobre la religión. Es algo estrictamente
personal: algunas de las personas más intolerantes
que he conocido son creyentes fanáticos.
Tengo más preguntas que respuestas. ¿Por
qué sufrimos? ¿Por qué se enferman
o se mueren los niños? (Sé que mi e-mail
se va a inundar de contestaciones.)
Además, no conozco a nadie que me pueda decir
con absoluta certeza qué pasa después
de morir. Y prefiero vivir así; sin creencias
sobrenaturales pero, también, sin mentiras piadosas.
A mí me ha resultado más el actuar en
la tierra que pedirle al cielo.
No creo en el destino ni en el mito de que las cosas
pasan por algo. Creo, como los viejos existencialistas,
que hay que darle un propósito a nuestra vida
y ya. Por lo tanto, no es necesario pertenecer a una
religión institucionalizada para tratar de dejar
las cosas un poquito mejor que como las recibimos.
Mi cuarta observación es mucho más terrenal.
Hay que aprovechar el (mucho o poco) tiempo que estamos
en el planeta. Y hacer lo que más te gusta es
uno de los secretos para una vida plena.
Al cumplir los 40 años me regalé el "no":
no haría más lo que no quisiera (léase
bautizos, bodas, compromisos...). Y ahora a los 50 años
me regalo el sí: haré mucho más
de lo que me gusta.
Hay momentos claves, como dice mi cuñada, en
que es preferible tomar una decisión "bien
sentida" que una decisión bien pensada.
Escoger con quién compartes tu vida cae en esta
categoría. Decidir como pasas ocho, 10 ó
12 horas al día, también.
Sospecho que quienes tienen éxito no son, necesariamente,
los más inteligentes. El éxito es pasión
más perseverancia. Escogí una carrera,
el periodismo, que me ha permitido viajar millones de
kilómetros y conocer a cientos de personas que
han cambiado el mundo y son exitosas. Y creo que todas
tienen algo en común: hacen lo que más
les gusta, siguen sus instintos y son muy luchadoras.
Y mi quinta y última lección, una por
década, tiene que ver con la maravilla de vivir.
Hay tanto que rescatar.
Desde luego que me arrepiento de algunas cosas. Sería
estúpido creer que no me he equivocado. Pero
a esos errores, que son muchos y sólo míos,
les exprimí un poquito de experiencia, humildad
y humor ... para cuando haga falta.
Mi balance es positivo: más buenas vibras que
malos rollos y más amor que desamor. Quizás,
como alguna vez me dijo el abuelo de mi hija, la felicidad
está en que te quieran quienes tú quieres.
Y me siento bien rodeado.
Al final de cuentas, estoy al día, bien parado
en la tierra, con casi todos los míos y en paz.
Me gusta mi vida a los 50. No puedo imaginarme un mejor
regalo de cumpleaños.
Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de seis
libros y conductor del Noticiero Univision.
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