México: El aire y la
reforma petrolera
POR JORGE RAMOS
Columnista Sindicado
|
 |
04/25/08. MÉXICO Por
primera vez, desde que yo recuerdo, he podido ir a un
restaurante en esta ciudad y no salir apestando a humo
de cigarro.
Es más, hasta fui a un cantabar (tipo karaoke)
y los fumadores se salían, echando humo, a un
balconcito. (Aunque, claro, es posible que se hayan
salido ante el temor de que me pusiera a cantar).
Me pareció increíble lo que vi. Casi como
cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI)
perdió las elecciones de 2000. Siempre pensé
que me moriría con el PRI en la presidencia y
ahogado por humo de cigarrillo. Ya no es así.
Los mexicanos, por fin, hemos podido hacer lo mismo
que los italianos y los franceses, para no mencionar
a más. Es decir, respetar una ley que prohíbe
fumar en lugares cerrados en la capital mexicana y poner
como prioridad los pulmones de los que no fuman. El
respeto al pulmón ajeno es salud.
Es una victoria pequeña. Pero significativa.
De alguna manera los capitalinos han recuperado su aire
(o, más bien, una partecita). Es cierto que el
aire de Ciudad de México sigue siendo de los
más contaminados del mundo. Sin embargo, el aire
que se respira dentro de oficinas, escuelas, restaurantes
y lugares públicos cerrados ya no es de los fumadores.
Y eso es un triunfo.
El consenso logrado con nuestro aire, sin embargo, no
se ha alcanzado con nuestro petróleo. Desde 1938
es de los mexicanos. De todos. Pero hay el temor de
que deje de ser así.
Por eso no me sorprende la resistencia que ha provocado
la propuesta del presidente Felipe Calderón de
permitir que el sector privado participe en la construcción
y operación de refinerías, y que empresas
extranjeras obtengan contratos para explorar en busca
de petróleo en aguas profundas, entre muchas
otras reformas.
Calderón ha insistido en que el petróleo
de México “no se va a privatizar”,
aunque es necesario para el beneficio de Pemex y del
país y para que la industria se abra a otro tipo
de inversiones y colaboraciones, como ocurre en varias
partes del mundo. Pero muchos no están de acuerdo.
Tienen miedo de que esta reforma “Light”
de Pemex, por más bien intencionada que parezca,
termine siendo botín de unos pocos, como ha ocurrido
ya con otras industrias nacionales, y deje a México
aún más amolado y pobre.
El problema energético para México es
muy sencillo. En los últimos cuatro años
ha caído la producción de petróleo
en México, según informa The New York
Times. Y a muchos mexicanos les parece inexplicable
que México, un país petrolero, tenga que
importar casi la mitad de toda la gasolina que consume.
Se necesitan inversiones multimillonarias para que México
sea más competitivo.
Pero lo que pocos entienden es adónde han ido
a parar todos los ingresos de Pemex. El barril de mezcla
de petróleo mexicano se vende a unos 90 dólares
en el mercado mundial. Y cuesta 4 ó 5 dólares
extraer un barril. Entonces ¿dónde está
ese dinero? Si con tantos millones Pemex no puede pagar
sus gastos, invertir en nueva tecnología y crecer,
se trata (en el mejor de los casos) de una operación
terriblemente ineficiente. Y en el peor suena a transa.
La “administración de la abundancia”
a la que se refirió el ex presidente José
López Portillo hace tres décadas ha resultado
un fiasco. Es, más bien, la administración
de la desilusión.
La oposición, liderada por el llamado Frente
Amplio Progresista (FAP), tomó ambas cámaras
del Congreso para evitar que la mayoría legislativa
aprobara esta reforma en un rapidín. Pero varios
mexicanos con quienes conversé estaban tan molestos
con este hecho de fuerza como con la noción de
que el petróleo dejara de ser mexicano, aunque
fuera un poquito.
La pregunta es qué tanto es tantito. ¿Se
puede decir que el petróleo mexicano se privatiza
sólo porque hay algunas compañías
privadas y extranjeras que ayudarían a explotarlo?
Sí, dice la oposición. No, dice el Gobierno.
Aquí, no olvidemos, también hay un asunto
personal. Andrés Manuel López Obrador,
quien está al frente del movimiento contra cualquier
tipo de privatización, ni siquiera reconoce como
presidente legítimo a Calderón. Y el mandatario
no está dispuesto a ceder ante el que considera
como un mal perdedor de las elecciones de 2006.
Lo que resulta poco claro es por qué una propuesta
con consecuencias tan severas para el futuro del país
no vino ligada a audiencias públicas televisadas,
sin gritos ni sombrerazos, y con la participación
de todos los puntos de vista.
Lo único rescatable de todo este debate es que
los mexicanos, con todo su derecho, están luchando
por su petróleo y por el futuro de sus hijos,
ya no tanto por el de ellos. Cualquier cambio tomará
tiempo.
Los mexicanos podemos llegar a ciertos consensos. Ahí
están como ejemplo las nuevas reglas contra el
tabaquismo. Si nos pusimos de acuerdo sobre nuestro
aire, nos podemos poner de acuerdo sobre nuestro petróleo.
Pero parece que, para los mexicanos, el simple hecho
de dialogar y reconocer al que se nos opone es lo más
difícil. A veces somos nuestros peores enemigos.
Jorge Ramos es ganador
del premio Emmy, autor de
seis libros y conductor
del Noticiero Univision.
|
|
|
|
|