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¿Puede México aprender de Singapur?

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Columnista sindicado

Todo sorprende de Singapur: su limpieza, su orden, su seguridad y su arquitectura.

Para aquellos de nosotros provenientes de regiones menos organizadas del mundo, este país también destaca como uno de los menos corruptos y más desarrollados del planeta. Una pausa. Singapur no es, precisamente, ejemplo de democracia y de respeto a la libertad de expresión, pero de eso hablaremos un poco más adelante.

Estamos hablando de una sociedad multicultural (con tres cuartas partes de origen chino, y el resto malayo y de la India) donde las tensiones raciales, religiosas y étnicas están muy vigiladas y bajo control. Aquí viven y conviven budistas, musulmanes, hinduistas, taoístas y cristianos.

De entrada, como mexicano en esta ciudad-estado de cinco millones de habitantes, la pregunta es si México pudiera aprender algo de los singapurenses para controlar la violencia y la corrupción, y para crecer rápida y ordenadamente.

Escribo esto poco después de enterarme que casi 12,000 mexicanos fueron asesinados el año pasado como resultado de la violencia del narcotráfico, que ha causado más de 50,000 víctimas mortales desde que el presidente Felipe Calderón ascendió al poder en 2006 y emprendió una fallida guerra, encabezada por el ejército, contra los líderes del narcotráfico. Durante mi visita a Singapur estuve pensando en qué lecciones podría enseñar esta sociedad a la de México. ¿Podría México poner fin a la violencia rampante de las drogas y controlar su corrupción generalizada si siguiera el ejemplo de Singapur? ¿Podría México crecer económicamente en forma rápida y ordenada como lo ha hecho Singapur?

Comprendo, por supuesto, las vastas diferencias entre estas dos naciones. Singapur es una isla diminuta, en tanto que México cuenta con 113 millones de habitantes y comparte una frontera de casi 2,000 millas con Estados Unidos, el mayor mercado mundial para las drogas ilegales. No obstante, Singapur parece prosperar con su estricta devoción al orden y a la limpieza – tirar un chicle en la calle está penado en esta nación – y ha desarrollado una cultura nacional vehementemente opuesta a cualquier forma de corrupción. Pocos ciudadanos de Singapur están dispuestos a violar una regla, dado que hacerlo sería no sólo ilegal, sino además muy mal visto. Esta cultura ha rendido frutos en diversas formas. Transparencia Internacional, organización que monitorea la corrupción en todo el mundo, clasificó a Singapur como el país menos corrupto del planeta en 2010 (empató con Nueva Zelanda y Dinamarca). En 2011, Singapur ocupó el quinto lugar en la lista, en tanto que México quedó colocado en el poco honroso lugar 100 de 178 países.

Y, pese a una declinación económica global, Singapur sigue siendo una joya financiera. A nivel de seguridad, tras el secuestro de un avión de Singapore Airlines en 1991 y la ejecución en una operación de rescate de los cuatro secuestradores paquistaníes, se han incrementado las medidas antiterroristas. La efectividad de las fuerzas armadas, un estricto sistema judicial que usa (y a veces abusa) de la pena de muerte y de castigos desproporcionados, según reporta Amnistía Internacional, y una sociedad que se ha acostumbrado a no confrontar a la autoridad han reducido el crimen a su mínima expresión. Singapur es, en nombre, una democracia parlamentaria. Solo en nombre. Un solo partido, el Partido de Acción Popular (People's Action Party), ha controlado el gobierno por medio siglo y las voces de la oposición son muy pocas y con mínima representación oficial en el parlamento unicameral. Los medios de comunicación están subordinados al gobierno por lo que Reporteros Sin Fronteras considera a Singapur como una de las naciones con menos libertad de prensa y de expresión del mundo. Es, en pocas palabras, un estado autoritario con un solo partido en control del poder. La mano dura de los gobiernos singapurenses ha dado lugar a una sociedad que funciona, pero donde hay poco espacio a las voces disidentes. ¿Es ese el único camino? Desde luego que no. Pero no hay ninguna indicación de que el “experimento Singapur” vaya a cambiar de rumbo.

¿Qué, entonces, puede aprender México de Singapur? México puede empezar desarrollando una sociedad que tenga una tolerancia cero para la corrupción. Eso, más la creación de empleos con un salario razonable, mayores recursos para la educación y el desarrollo de una economía fuerte, orientada a las exportaciones, sin duda requeriría décadas de esfuerzos. Después de todo, Singapur necesitó más de 35 años para alcanzar sus éxitos actuales.

Si una isla pequeña, prácticamente sin recursos naturales, puede triunfar, no hay razón alguna para que México, un país miles de veces más grande y con abundantes recursos naturales, no pueda hacer lo mismo.

¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre cuidad y país.

Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de nueve libros y conductor del Noticiero Univision.


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