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(Bruce Chambers/The Register)
Aunque un aumento en las tarifas de los autobuses afectaría a miles de personas en el condado de Orange, muchos ni siquiera lo saben.

El autobús número 26 lleva más sonrisas que ira

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Reportero de Excélsior

De las personas que van en el autobús, la mayoría no sabe que el gobierno está a punto de robarlos comenzando el mes de febrero.

Y la verdad, no sé qué me da más tristeza: que esas personas no sepan, o aún peor, que no les importe. O que tengan que transportarse en el autobús en sí.

Bueno, tal vez esa última parte sólo sería una tristeza para mí.

La verdad es que no me había subido a un camión desde que… bueno… en realidad ni siquiera puedo acordarme. ¿Eso significa que soy afortunado?, ¿qué tengo suerte? Después del otro día en el que pase todo el día en el camión número 26, paseando a lo largo de varias calles de Fullerton, debo decir que ya no lo sé.

La idea era tomar el reto que varias personas le presentaron a la Autoridad de Transportación del Condado de Orange (OCTA, por sus siglas en inglés) durante una de sus juntas, para que algunos de los miembros del consejo tomara el autobús, cualquier autobús, para que supieran qué se siente subirse a autobuses que habitualmente llegan tarde, que siempre están llenos y que les falta mantenimiento.

Se sentían enojados por la decisión de OCTA de aumentar las cuotas del pasaje un 33 por ciento, comenzando el diez de febrero. Ahora pagarán dos dólares por pasaje. Cinco dólares por un pase para todo el día y 69 dólares por un pase de 30 días.

Así que esa mañana, cuando decidí subirme a un autobús, esperaba encontrarme una legión de personas enojadas.

Pero, ¿en cuál autobús? En realidad no tengo idea de cómo terminé en la avenida Commonwealth, ni en el autobús número 26. Simplemente llegué y estacioné mi auto.

Esperando el autobús, tratando de no mojarse con un poco de lluvia mañanera, estaba Ingrid Garner, de 20 años de edad. Estaba sentada junto a su mochila y su patín. Se dirigía a la Universidad Estatal de California en Fullerton, en donde estudia teatro. Era un poco antes de las diez de la mañana. El autobús no llegaría hasta dentro de media hora. Platicamos un rato.

Ella se transporta en autobús porque no tiene auto, me contó. Fue terquedad, añade. Como puede llegar casi a cualquier lugar sin auto, nunca tuvo deseos de aprender a conducir.

“Hasta ahora”, añadió rápidamente, contándome que acababa de obtener su licencia de conducir. “Me cansé de pedirle a las personas que me llevaran a lugares”.

Ahora, tiene que usar el autobús porque aún no tiene suficiente dinero para comprar un auto. Trabaja como bibliotecaria durante medio tiempo y le pagan el salario mínimo. Está ahorrando, dijo.

Rápidamente me di cuenta de que el autobús número 26 es muy utilizado por estudiantes universitarios, que no pagan pasaje. La universidad proporciona un pase al comienzo de cada semestre. Así que no era el grupo enfurecido que esperaba encontrar, porque les importa muy poco el costo que OCTA decida.

Traté algo diferente.

“¿Qué es lo más raro que has visto durante tus viajes en autobús?”, le pregunte.

“Hay muchas cosas, pero tiene que ser…”, me contó, “un día que un hombre se me quedaba viendo y comenzó a llamarme Minnie Mouse. Luego me dijo que me iba a dar dos tiros en la cabeza. Eso no me dio tanto miedo, lo que más miedo me dio es que el autobús iba lleno y nadie hizo nada”.

A esta hora, ya casi a medio día, el autobús iba lleno de mujeres y niños en su mayoría. También estudiantes de universidad. Las personas que hablan inglés son raras. Y nadie, bueno tal vez dos personas, se ven felices de estar sentados en un autobús.

“Es miedo de que se lleguen a topar con un tonto que los lastime”, dijo Lisa Thomas, una abogada de Riverside, quien por coincidencia se sube conmigo al autobús, se pierde conmigo, traduce para mí y en general se convierte en mi guía durante el siguiente par de horas.

Thomas tiene un Toyota en casa, pero insiste en que ama subirse al autobús. Ella es una planificadora urbana, pero está tomando algunas clases universitarias extras.

“Si yo no tuviera los recursos”, dijo, “este aumento de precio sería devastador. Me siento mal por las personas que viajan en el autobús conmigo. Yo sé que este aumento los va a matar”.

Platicamos por un buen rato, cuando los dos vemos a Katelynn Zirtzman en frente. Tiene un portafolio negro que sostiene con sus rodillas. Arriba del portafolio está la cabeza de un maniquí, su cabello rojo está completamente cubierto de tubos. Tengo que preguntar.

Tiene 18 años, vive en Placentia y va a la escuela de cosmetología. ¿La cabeza? Es un proyecto escolar, explica.

“Sí, la gente siempre me voltea a ver a mí y a mi cabeza”, dijo. “Pero no me importa. De hecho, usted es la primera persona que me pregunta directamente. No es mi culpa que no cabe en mi portafolio y la tengo que llevar a casa”.

Perdidos en algún lugar de Yorba Linda, Lisa Thomas y yo tenemos que esperar porque un conductor nos dijo que tomáramos un autobús equivocado y el otro camión se tardará una hora más en llegar. Mientras esperamos, nadie a nuestro alrededor sabe del aumento de precio. De hecho, por ahora, no les importa, ellos sólo saben que tienen que llegar a trabajar y el autobús es la única manera de llegar ahí.

Son las dos de la tarde cuando regreso a la avenida Commonwealth. En el camino de regreso estoy sentado junto a Susan Yoshinaga, de Yorba Linda, ella tiene 51 años y toma el autobús dos veces a la semana hasta la universidad en Fullerton, en donde estudia geografía. Como muchas otras personas en el autobús, ella se ríe.

Incluso, Joe, el conductor, bromea con algunos de los pasajeros al frente del autobús. Tal vez hay muchos otros autobuses peores en el condado de Orange, en donde ocurran horrores, y que cuando llegue el mes de febrero serán más caros. Si en realidad tuviera que usar el autobús todos los días, creo que me gustaría que fuera éste.

Joe me señala que ésta es mi parada.

Miro por la ventana hacia la izquierda y veo mi auto en donde lo estacioné. En medio de tanta risa, sonrío.

Sí que soy un hombre afortunado.


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