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(Cindy Yamanaka/Register)
Paul Bojorquez, de Aliso Viejo, se prepara para viajar a El Salvador y hacer entrega de 5,000 dólares de juguetes y suministros médicos para las personas necesitadas.

Santa Claus llegó a El Salvador

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Columnista de Excélsior

recibe los mejores regalos de todos. No tan sólo es mejor dar que recibir, sino que también es más divertido y mucho más satisfactorio.

Cada Navidad, Paul hace exactamente lo que hace Santa. Pero Paul no tiene un trineo mágico. Él va en un vuelo económico.

El domingo pasado, este dueño de un negocio de detallado de autos que también vende muebles, que instala guirnaldas navideñas y que ayuda con mudanzas, se subió a un avión para ir hasta su país de origen, El Salvador.

Con él viajaban varías maletas repletas de juguetes, ropa y suministros médicos. Éste es el séptimo viaje consecutivo de Paul.

Y este viaje es aún más especial para el señor Claus, ya que su esposa Lydia lo estará acompañando. También lo acompañarán sus dos pequeños enanos.

En la sala de su hogar, hay un baúl repleto de recuerdos. De ese baúl sacan un puñado de cartas de amor, escritas durante el tiempo en el que Paul, que nació en El Salvador, vivía en California. Y Lydia, nacida en California, vivía en El Salvador.

Los padres de Lydia se mudaron a San Salvador cuando ella era tan sólo una niña. Hija de una maestra, Lydia conoció a su primer amor a los 11 años. Él era dos años mayor que ella y era un estudiante en la clase de la mamá de Lydia; se llamaba Paul.

En esos tiempos, la vida de Paul, que ahora tiene 36 años, estaba basada en el futbol y en trabajar. Su padre había muerto cuando él tenía tan sólo siete años. A los nueve Paul comenzó a trabajar con su tío, cargando costales de alimento.

Quería juntar dinero para comprarse una bicicleta. Pero ese lujo nunca se le dio, pues apenas le alcanzaba el dinero para su ropa.

A pesar de las calificaciones no tan buenas de Paul, su maestra de inglés sabía que era un buen niño con un gran corazón.

Cuando Lydia cumplió 13 años, tuvo el valor de acercarse a su mamá. “Me gusta Paul”, dijo. “Y a Paul le gusto yo. ¿Podemos salir?”.

“¿Salir? No”, dijo mamá. Pero Paul tenía permiso de pasar a visitar a Lydia, siempre y cuando mamá estuviera en casa.

Los años fueron pasando entre caminatas de la mano y partidos de futbol. Pero Paul quería la oportunidad de hacer su vida, y sabía que en El Salvador no podría hacerlo.

En 1993, cuando tenía 17 años, Paul salió a Estados Unidos a realizar su sueño. Pero nunca olvidó a Lydia. Y nunca olvidó otra imagen. En 1986, cuando Paul tenía diez años, hubo un terremoto en San Salvador. Cerca de 1,500 personas murieron. En la televisión, Paul recuerda haber visto imágenes del pie de un niño debajo de los escombros de un hospital para niños.

Durante un tiempo, Paul vivió con su hermana al sur del condado de Orange. Luego rentaba una habitación en Laguna Beach, en donde asistía a Laguna High School, jugaba futbol y trabajaba.

También se enfocó en aprender inglés, algo que él sabía era la clave para el éxito. Gracias a maestros que él recuerda como “cálidos, amistosos y que le dieron la bienvenida”, aprendió rápidamente.

Durante tres años, Paul y Lydia intercambiaron cartas. Cuando había un poco de dinero extra, hablaban por teléfono. Un día, Lydia abrió una carta. Adentro había un boleto de avión.

Tenía 20 años cuando le pidió permiso a su mamá para viajar a Estados Unidos. Mamá dijo que estaba bien y Lydia se mudó a la casa de su tío en Los Ángeles.

Todos los días Paul se levantaba antes que el sol saliera, trabajaba hasta el atardecer en una gasolinera y lavando autos. Todas las noches manejaba hasta Los Ángeles, a pasar un par de horas con Lydia. Luego regresaba a Laguna.

“Cuando tenía esa edad”, recuerda Paul, “me sentía como un superhéroe. Podía hacerlo todo”.

Pero aparte de su edad, había mucho más dentro de Paul. Había una profunda creencia en el “Sueño Americano”.

“Si trabajas duro, no tendrás que preocuparte por buscar trabajo. Y si trabajas duro, no tendrás que preocuparte por dinero”.

Hace una década, Paul decidió abrir su propio negocio, Bojórquez Mobile Auto Detail. Como durante sus años de escuela, descubrió que había personas que lo apoyaban.

En eso, Paul saca una de las maletas que llevará en su viaje.

Adentro hay conejos de peluche y ositos. Luego me explica que comenzó esta misión después de que dos de sus clientes, que lo habían ayudado mucho, murieron de cáncer. Mientras los miraba luchar por su vida, pensó en todos aquellos niños que había visto en el hospital de San Salvador, en particular pensó en los niños con cáncer.

Él conocía su dolor, entendía lo que era crecer sin juguetes y decidió ayudar.

“Si esos hombres (sus clientes) sufrieron tanto, ¿imagínense cómo han de sufrir los niños?”.

Paul instaló unas luces navideñas, $500. Vendió un viejo sofá, $200. Llegó el momento en que había ahorrado suficiente dinero, para comprar juguetes para dos docenas de niños.

Luego ahorró el dinero para los suministros médicos en El Salvador, en donde no se necesitan permisos y los precios son bajos. Luego ahorró lo suficiente para hacer el viaje.

Aun así, no estaba preparado para ver lo que vio en Benjamin Bloom Children’s Hospital.

“Es triste. Las madres no tienen en dónde dormir, ni en dónde sentarse. Algunos niños no pueden hablar a causa del dolor. Algunos no se pueden sentar. Lloran cuando tocan los juguetes”.

Desde esa primera visita, Paul supo que tenía que regresar. El dar iba aún más allá que los niños. Se trataba de Santa.

Ayudar, dice Paul, “Se siente bien. Es satisfactorio”.


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