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Ayudando a una familia a tener su primera Navidad
Comments 0 | Recommend 0Era una noche fría y borrascosa de noviembre en el corazón del Centro Cívico de Santa Ana.
Los trajeados hombres y mujeres que transitan el lugar durante el día, los abogados, los jueces, los supervisores del condado, se habían ido. En los alrededores se podían ver sólo algunas luces en los edificios de oficinas, y poniendo atención, se podía oír al personal de limpieza aspirando dentro de esos edificios.
Tina Álvarez, observando a través de las ventanas, pudo ver que estaba vacío. Y aunque tocara en el vidrio, supo que nadie respondería o le ofrecería un lugar cálido para que ella y sus cinco hijos pudieran dormir.
Ella ya lo sabía porque Tina y su familia se habían quedado sin hogar poco antes del Día de Acción de Gracias. Y después de una semana en las calles, casi nadie los había tomado en cuenta en su diario caminar.
Por la noche, se escondían en las esquinas oscuras, metidos en sus bolsas de dormir y sábanas extendidas sobre el frío concreto, a sólo algunos pasos de las salas del Concejo Municial de Santa Ana y la corte del condado.
Durante el día, Tina y su esposo, Tim, sus hijos, entonces en edades de entre tres y nueve años, y la madre de Tina, simplemente caminaban a plena vista entre las personas trajeadas. Comían productos repartidos por grupos eclesiásticos y asociaciones sin fines de lucro, en mesas cercanas a las ventanas de la suntuosa oficina del tesorero del condado. Pero, para la mayor parte de la gente, ellos eran invisibles.
Tina, de 29 años y criada en el área de Anaheim, lo describe así: “Te ven en cierta forma rara, extraña e incómoda y después ellos siguen caminando como si nada”.
Excepto por una mujer.
El Día de Acción de Gracias, Norma Partida y los miembros de la iglesia St Joseph de Santa Ana ofrecieron comida a las personas sin hogar y desprotegidas en el Centro Civíco. Ahí fue donde Norma se encontró con Tina y sus hijos. Los ayudó a llevar sus platos de comida cerca de una pagoda donde Tim estaba cuidando sus pertenencias.
Norma pronto se dio cuenta de la situación de Tina y anotó el número de celular de Tina. Norma le dijo que ella y unos amigos iban a adoptar familias para Navidad.
Tina, casi contra su propia naturaleza, la creyó.
“No hay mucha gente así ahí fuera”, dice Tina.
“Puedes encontrarte con una o dos personas amables, pero eso es todo. Al margen de eso, nadie quiere ayudar”.
Es difícil mantener la esperanza cuando tocas puerta por puerta y nadie responde. Y con su familia habiendo caminado y dormido en las calles durante todo el mes anterior, Tina no tenía esperanzas de encontrarse con una familia diferente en alguna calle diferente.
•••
Unas pocas semanas antes, en un arbolado vecindario de Long Beach, otro hombre también iba caminado por las calles. Era Mathew Dobberpuhl, de 36 años, un bombero, que llevaba a su sobrino Mathew, de siete años, a casa desde la escuela.
Una idea le había pasado por la cabeza a Dobberpuhl y la compartió con el pequeño Mathew. ¿Qué tal si para Navidad gastamos menos en nosotros mismos y ayudamos a otra familia?
Matthew comprensiblemente no se mostró muy entusiasta. ¿Tendría algún regalo?
Dobberpuhl lo tranquilizó: "No te preocupes amiguito, aún así tendremos nuestros regalos. Pero, ¿qué tal si en lugar de tener toneladas y toneladas de cosas con las que ni siquiera vamos a jugar, se las damos a otros niños? ¿Qué te parece la idea?”, Matthew consideró la pregunta.
"Busca en tu corazón y dime si tu corazón dice que es correcto hacerlo”, Dobberpuhl le dijo al pequeño Matthew.
Al momento de llegar a casa, Matthew le dio su respuesta: "Sí, creo que hacerlo es la forma correcta".
Hacer lo correcto fue inculcado en Dobberpuhl y su hermana Elizabeth Cannata, de 33 años, por sus padres, Connie y Bill Dobberpuhl.
Cuando Dobberpuhl era un niño, Connie, de 62 años y funcionario auxiliar de libertad condicional en el condado de Orange, llenaba la camioneta familiar con bolsas de almuerzos llenas de bocadillos que ella y sus hijos habían hecho y se los daba a las personas necesitadas en Long Beach.
Pero el ejemplo omitió una cosa: el contacto.
Los niños podían hacer los bocadillos, pero Connie era la que los entregaba. Los padres quisieron proteger a sus hijos al máximo para que no se vieran cara a cara con las personas pobres que alimentaban.
“Nosotros protegíamos a nuestros hijos de cualquier cosa que fuera mala, negativa, dolorosa o triste”, afirma Connie.
“Pero esa realmente no era la realidad”, agrega.
El año pasado Dobberpuhl asistió a un retiro católico en el condado de Orange, eso le enseñó a mirar fuera de sí mismo y de su familia.
“Esto cambió totalmente a nuestra familia. Nosotros solíamos ser muy recelosos con los desconocidos, muy aislados, como para protegernos a nosotros mismos del mundo exterior porque era un lugar tenebroso y los desconocidos eran espantosos. Actualmente simplemente uno ya no confía en la gente”, dice Dobberpuhl.
"Esto hizo que la gente que vemos en las esquinas de la calle y viviendo bajo los puentes se haga más real para nosotros. Esto abrió nuestros ojos al factor de que tal vez nunca los conozcamos, pero ellos aún son como nuestros hermanos y nuestras hermanas, personas que necesitan ayuda”.
Fue como si Dobberpuhl y Cannata hubieran encontrado intuitivamente un camino formado en generaciones anteriores a ellos.
Su abuela (la mamá de Connie) era conocida por dar dinero en efectivo a las personas necesitadas en el lobby donde trabajaba, el Departamento de Desempleo. Y la abuela de Connie, que tenía un salón en Iowa, había sido conocida por repartir canastas de comida a las personas que pasaban hambre.
Así que cuando Dobberpuhl le dijo a su amigo que estaba buscando adoptar una familia para Navidad, y, cuando ese amigo se lo contó a su novia, Norma Partida, se estableció un enlace con la familia Álvarez.
•••
A principios de diciembre, en una calle sin salida e iluminada con tantas luces y decoraciones que se siente como si hubieras llegado al Polo Norte, los dos hijos de Cannata, Mathew y William, de cuatro años, se embarcaron en una misión estilo Santa Claus. ¿Su misión? Imaginarse que querrían los niños Álvarez para Navidad.
Los chicos se la pasaron viendo los comerciales en la televisión. Expusieron sus ideas. Y muy emocionados, esperaron para ir a Walmart a principios de ese mes de diciembre. Escogieron juguetes para Alex y Timothy Álvarez, que tienen ocho y cinco años, cada quien pagó en el mostrador con dinero que la familia Dobberpuhl hubiera utilizado en sus propios regalos.
La tradición familiar fue pasada a las nuevas generaciones.
Los otros niños Álvarez fueron adoptados por amigos y familiares de los Dubberphuls. Connie y Bill cooperaron con mochilas llenas de útiles escolares, tarjetas de regalo para Tina, Tim y la mamá de Tina y un árbol de Navidad en tamaño miniatura de fibra óptica.
Mientra tanto, el primero de diciembre la familia Álvarez se mudó. Ellos llegaron al programa invernal de refugio en tiempo de frío en el California Army National Guard Armory de Santa Ana, donde el administrador del programa sin fines de lucro Mercy House le proporcionó alojamiento en un motel de Anaheim a la familia Alvarez.
Al igual que en años anteriores, la familia Álvarez no planeaba celebrar la Navidad.
Pero un par de días después de Acción de Gracias y después de que Matthew Dubberphul supieran la difícil situación por la que pasaban los Álvarez , Tina recibió una llamada de la mamá de Mathew, Connie, informándole de que los Dubberphuls este año iban a hacer algo para la familia Álvarez.
Tina no le ha dicho a sus hijos. Pero Samantha Álvarez, de nueve años, ya hizo su petición
Ella y sus hermanos nunca han escrito a Santa Claus, pero este año como parte de un programa escolar para ayudar los desamparados, hizo una lista muy chica. Su primer deseo: “Navidad para mi familia”.
Durante estas pocas semanas, los Dubberphuls han estado trabajando diligentemente para hacer esto una realidad. El 24 de diciembre entregarán juguetes, tarjetas de regalo y una cena caliente a base de pavo para la familia Álvarez.
Otros extraños en el Centro Cívico pudieron darse la vuelta y alejarse de nuestra crisis actual de personas desamparadas. Pero no lejos de ahí, en la subestación del Polo Norte en Long Beach, la familia Dobberpuhls, con ayuda de Norma Partida, aceptó verlo de otra manera. Los niños Álvarez tal vez no tengan un hogar permanente para las fiestas, pero ya no volverán a estar solos.
Yvette Cabrera es presidenta de la Asociación de Noticias Chicanas de California y escribe acerca de la comunidad latina en el condado de Orange.
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