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Veterano del Ejército ayuda a sus compañeros exiliados

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Reportera de Excélsior
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Unos veteranos exiliados y sus defensores se unen afuera del apartamento de Héctor Barajas en Rosarito.
(Joshua Sudock/The Register)

El motor del avión zumbaba. Era el mismo sonido que Héctor Barajas había escuchado en las incontables misiones de aviación que había cumplido, cuando sirvió en la 82 División de Aerotransporte del Ejército de Estados Unidos.

“Yo estaba listo para lanzarme en paracaídas”, dijo Barajas.

Esta vez, sin embargo, él no tenía un paracaídas a la espalda. En su lugar, llevaba grilletes con destino a un país que apenas conocía, desterrado de una nación por la que hasta se había comprometido a morir.

Barajas, un niño de Compton que creció queriendo ser G.I. Joe, finalmente se dio cuenta que este vuelo marcaba el inicio de su deportación de los Estados Unidos.

Los días de pie, como un orgulloso especialista del Ejército con su boina color vino y una chaqueta verde decorada, se habían ido.

Ahora, sus 34 años de vida están en una atestada caja de zapatos de un apartamento en Rosarito, Baja California. El único orden en el caos que se ha convertido su vida, es la imagen de su yo más joven en uniforme. La chaqueta del Ejército cuelga limpia y ordenada dentro de una inmaculada bolsa para ropa, entre las camisas arrugadas que cuelgan por encima de un dormitorio que probablemente sirvió una vez como armario.

Cerca de media docena de premios militares, entre ellos uno por buena conducta, decoran la puerta, pegados con cinta adhesiva.

Aquí es donde Barajas lidera el “destierro de los Veteranos”, un grupo de gentuza de una docena de deportados de Estados Unidos, que creen que ser veteranos del servicio militar debería haberles impedido ser deportados. Al igual que Barajas, todos estos hombres eran residentes legales que llegaron a Estados Unidos desde México cuando eran niños.

Barajas colabora en el sitio web del grupo y las páginas de Facebook, compartiendo triunfos con otros veteranos y sus luchas personales por tratar de recuperarse de la adicción a las drogas.

Los veteranos desterrados admiten sus malas acciones. Algunos robaron. Otros consumían y vendían drogas. Unos pocos talonearon por dinero.

Barajas fue declarado culpable de disparar un arma de fuego. Dice que cayó con un amigo esa noche, pero reconoce que él estaba drogado y con la gente equivocada.

No obstante, Barajas dijo que él y los otros que sirvieron en el ejército de Estados Unidos no deberían ser castigados con la deportación. Ellos sólo quieren ser tratados como ciudadanos de los Estados Unidos, cumplir su condena en prisión y luego seguir adelante con sus vidas, dijo.

Mientras que él trabaja para organizar su grupo, trata de adaptarse a la vida mexicana. Él se encarga del cuidado de un veterano de la Segunda Guerra Mundial, Víctor Hinojosa, quien tiene demencia y se desplaza en una silla de ruedas, en un centro frente a su casa. Hinojosa y su hijo, Víctor Hinojosa Jr. -un veterano de Vietnam- son ciudadanos estadounidenses que viven en Rosarito.

Hinojosa Jr. dijo que nunca había oído hablar de deportación de veteranos, hasta que conoció a Barajas. Elogió a Barajas por hacer lo que hace.

“Me gustaría ir con Obama y decirle... ‘no puede echar de este país sus mercancías dañadas por sus guerras', dijo Hinojosa Jr.

Barajas estuvo de acuerdo.

“Nosotros encarnamos, somos la definición de un Estados Unidos como nación”, dijo. “Tenemos una lealtad permanente a los Estados Unidos”.


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