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Estados (Des)Unidos

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Columnista Sindicado

El país está dividido. Mi vecindario también. Acabo de salir a correr y me he encontrado montones de carteles frente a las casas apoyando a Obama y Biden o a Romney y Ryan. Azul o rojo. En los casi 30 años que llevo viviendo en Estados Unidos no recuerdo una elección tan polarizada, tan agresiva, tan poco generadora de esperanzas.

Nunca creí ver en Estados Unidos las mismas divisiones y guerras en el nivel personal, que acabo de ver en México y Venezuela antes de las elecciones en esos países. En julio, México estaba dividido entre los que apoyaban al candidato priísta Enrique Peña Nieto y los que lo rechazaban con un sentimiento muy cercano al odio. Lo mismo sucedía en Venezuela. A principios de octubre la gente se identificaba como chavista o antichavista, sin términos medios. Y al igual que en Venezuela y en México, en Estados Unidos hay divisiones políticas e ideológicas tan profundas que el futuro es poco promisorio: Son los Estados (Des)Unidos. El próximo presidente estadounidense ganará la rifa del tigre. Ante un Congreso totalmente partidista, no veo hoy cómo Obama o Romney podrán convencer a los congresistas de renunciar a su intransigencia y cooperar en varios asuntos urgentes.

Para mí — no es secreto — es fundamental que se encuentre una solución para los 11 millones de inmigrantes indocumentados, y para los que llegarán después de ellos. Es increíble que el país más poderoso del mundo, trate de una manera tan inhumana a los más vulnerables y pobres. Obama y Romney no pueden cambiar esto solos. Para reformar las leyes migratorias se necesitan votos demócratas y republicanos en el Congreso. Y no los hay.

Pero hay muchos más problemas que deben resolverse. La preocupación principal en este país es la falta de trabajos. Hay 23 millones de desempleados y de personas que han dejado de buscar trabajo. Esta crisis la arrastramos desde finales de la presidencia de George W. Bush. Obama dice que ha hecho lo más posible desde el gobierno para evitar una declinación económica. Romney insiste en que no ha sido suficiente y que él tiene un plan distinto, basándose más en la industria privada.

La realidad es que, contrariamente a lo que muchos piensan, ningún presidente es Superman. Crear empleos exige cooperación, alianzas políticas, negociaciones serias y mucho tiempo. Nada de eso sobra en estos momentos en Estados Unidos.

Me preocupa que el gobierno esté gastando mucho más de lo que recibe en impuestos. Y mis hijos, los suyos y sus descendientes tendrán que pagar esa deuda algún día. El principio básico de cualquier familia para sobrevivir — no gastar más de lo que entra — es algo en que no se ponen de acuerdo demócratas y republicanos. Eso, como a la antigua Roma, nos puede llevar a la ruina.

Los dos partidos, también, se resisten a reformar las leyes para evitar que tengamos una masacre tras otra. Los muertos de Columbine y los de un cine en Colorado se suman a muchas otras matanzas que, por ser tantas y tan frecuentes, han dejado de ser noticia. Sin embargo, Obama, Romney y el Congreso no se atreven a proponer un límite al uso de armas que están destinadas a una guerra, pero no a las manos del vecino. Ese es uno de los grandes tabúes norteamericanos.

Esa es nuestra guerra diaria. Pero hay otras más allá de nuestras fronteras que también debemos evitar. A veces parece que no hemos aprendido las lecciones de la guerra de Irak, que se inició por las razones equivocadas y ocasionó la muerte de 4,486 soldados estadounidenses y más de 105 mil civiles iraquíes (según IraqBodyCount.com). El presidente Bush no permitió que los inspectores de Naciones Unidas terminaran su trabajo en Irak en el 2003 y estalló una guerra en busca de armas de destrucción masiva que nunca existieron. No debemos repetir ese error mortal.

Hay que evitar, por supuesto, que Irán desarrolle armas nucleares. El futuro de Israel y de la región depende de ello. Pero antes de iniciar otra guerra, hay que agotar todas las posibilidades diplomáticas y aplicar sanciones económicas. Para eso se necesita un consenso entre ambos partidos, el Congreso y la Casa Blanca. Es un consenso que no existe ahora.

Estados Unidos está en una de esas transiciones históricas en que se consolida como única superpotencia militar y económica, o caerá de manera gradual a los niveles de otros países. Pero para mantenerse como la nación indispensable, como demócratas y republicanos quieren, urge resolver los problemas de empleo, migración, déficit, posesión civil de armas y guerras. No es cosa fácil.

Gane quien gane — Obama o Romney — necesitará más que nunca de sus opositores. La fuerza y liderazgo de este país radica en su unión en momentos decisivos, desde la independencia hasta después de los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. Pero hoy, en medio de la campaña electoral, parecería que estamos hablando de dos países distintos. Basta salir a la calle o prender la televisión para verlo.

¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre cuidad y país.

Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de nueve libros y conductor del Noticiero Univision.


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