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(Leonard Ortiz/Register)
La familia Guedea posa junto a una foto de Fred Guedea, padre y esposo, respectivamente, tomada en 1979. Fred murió baleado en 1983 en Irvine y su caso aún no se resuelve.

Buscando una respuesta 30 años después del asesinato de su padre

Cada año del aniversario de la muerte de su padre, Kathy Medina le llama al Departamento del Sheriff para ver si hay noticias sobre su asesino

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Reportera de Excélsior

Cada año por estas fechas, Kathy Medina hace esa misma llamada desalentadora, y cada año obtiene la misma desafortunada respuesta.

Ya han pasado 30 años, pero Medina es implacable.

Eran las cuatro de la tarde del 11 de febrero de 1983, cuando el padre de Medina, Fred Guedea, llegó al California Labor Camp en Irvine y fue recibido por dos hombres armados, que le dispararon a muerte y le robaron 3,600 dólares de una caja de dinero en efectivo mientras su esposa, Sophie, corrió en busca de ayuda. Ella no resultó herida.

Fred y su esposa solían poner su mesa de campo, en el 11405 de Jeffrey Road, donde cambiaban cheques de pago de los trabajadores agrícolas por un módico precio.

Había sido una rutina de tres años para la pareja, pero ese día se encontraron con hombres armados, que siguen en libertad.

“Tal vez después de todos estos años, no es que mi papá vaya a volver, sino que alguien saldrá adelante”, dijo Medina, ahora de 55 años. “Quiero saber ¿si lo lamentan?, ¿si tienen miedo?”.

Así, cada año en torno al aniversario de la muerte de su padre, Medina hace una llamada a la unidad de homicidios del Departamento del Sheriff del Condado de Orange para recordarles el caso de su padre. A lo largo de los años, el caso Guedea ha sido pasado a lo largo de diversos fiscales, quienes todos han tenido la misma respuesta. El caso no está cerrado, dicen, pero no hay pistas.

“Sólo quiero despertarlos, encender un pequeño fuego”, dijo Medina.

‘Que descanse en paz'

“Mi mamá dice ‘déjalo descansar en paz', entiendo eso, pero mis hermanos y yo necesitamos un sentido de cierre definitivo”, agregó Medina.

“Es muy frustrante para mí también, porque tienen que mirar a través del caso de nuevo”, agregó Medina. “Me gustaría ver lo que han estado trabajando, lo que han investigado, pero no me dejan porque sigue siendo un caso sin resolver”.

Sin una unidad de casos archivados, los detectives de homicidios del alguacil atienden casos archivados mientras tengan los recursos y el tiempo disponibles.

En 2006, los detectives dieron seguimiento a la iniciativa, pero la persona de interés había fallecido años antes, dijo Jim Amormino, portavoz del Departamento del Sheriff.

Los sospechosos fueron descritos como hombres hispanos de 25 años de edad, con una estatura de unos 5 pies y 6 pulgadas y un peso aproximado de 140 libras. Uno tenía tez oscura con bigote, mientras que el otra tenía tez clara con un rostro lleno de cicatrices de acné.

Amormino enumeró algunos de los desafíos en la resolución del caso de hace 30 años: “No tenemos ninguna identificación positiva de los sospechosos, el tiempo ha pasado, y otra información se ha enfriado”.

Pero, a pesar de estos obstáculos, dijo Amormino resolver un caso de esta edad, no es imposible. Cualquier persona con información debe presentarse, agregó.

“Alguien tiene que saber algo”, dijo Amormino.

Para Sophie Guedea, ahora de 80 años, la captura de los asesinos la obligaría a volver a ese día cuando corrió en busca de ayuda, pensando que los hombres armados le estaban disparando a ella.

Esto significaría volver a vivir cómo ella se apresuró a volver a donde estaba su marido herido tendido en el suelo. Cómo no pudo pronunciar ni una palabra. Cómo le tomó la cabeza y no podía hacer nada más que rezar y llorar y darle agua a su marido.

“Fue horrible, horrible, horrible... la peor experiencia que he vivido”, recordó Sophie.

Ella recuerda vívidamente ese día.

Cuando llegaron al centro ese día, Sophie notó un vehículo del tipo Ford Mustang estacionado al lado de la carretera.

“Le dije a Fred ‘mira ese coche. Es extraño'”, dijo Sophie.

Tan pronto como se estacionó su camioneta Toyota, en la que llevaba 40,000 dólares debajo del asiento, un hombre se acercó a Fred en el lado del conductor, y el otro se acercó a Sophie.

“Ellos dijeron ‘¿ustedes son la gente de los cheques en efectivo?' y dijimos ‘sí'”, recordó Sophie.

Cada uno de los hombres les apuntó con una pistola y les dijo que salieran. Fred aparentemente se fue a la parte trasera de la camioneta, y Sophie se echó a correr.

Sophie escuchó los disparos mientras estaba corriendo y pensó que estaban destinados a ella. Eventualmente se escondió detrás de la llanta de un automóvil estacionado.

Cuando volvió a mirar, vio a los hombres que caminaban hacia el coche.

“Ni siquiera estaban corriendo. Estaban caminando, era horrible la forma en que estaban caminando”, recordó Sophie.

Una vez que Sophie corrió de regresó y tomó a Fred, los equipos de emergencia llegaron rápidamente y llevaron a Fred al Western Medical de Santa Ana, donde Sophie tuvo que hacer la llamada a la familia.

“Ella nos dijo que teníamos que ir allí y nunca lo olvidaré”, dijo Medina. “Y luego lo enterramos cinco días después de mi tercer aniversario de boda”.

Envuelto en su comunidad

Fred era un activista de la comunidad que participaba en todo, desde las Pequeñas Ligas a los Caballeros de Colón y a la Iglesia Católica. Los Guedea tenían raíces en Bakersfield, pero llamaron hogar a Santa Ana a partir de 1970.

Retirado después de 20 años como gerente de proyectos de McDonnell Douglas, Fred lanzó una cadena de empresas con Sophie, empezando con un puesto de perros calientes llamado El Patio en la avenida Orangethorpe de Anaheim. Lo vendió para hacerse cargo de una tienda de abarrotes en la esquina de la calle Sur Greenville en Santa Ana. La pareja más tarde vendió la tienda e invirtió en una empresa de albañilería, que la familia vendió en 2005.

“Mi padre siempre creyó en moverse hacia arriba, nunca hacia atrás”, dijo Medina.

Cuando los Guedea eran dueños de la tienda de abarrotes, los trabajadores agrícolas eran llevados en autobús a su mercado para cobrar sus cheques de pago cada dos semanas y fueron una parte importante de su clientela.

“Ellos venían a nuestra pequeña tienda, compraban provisiones y gastaban 30 dólares en comida y envíos de dinero para México”, dijo Medina. “Usted tenía 15 muchachos, eso es 1,500 dólares”.

“Gracias a ellos, pudimos empezar nuestra empresa de mármol, debido al dinero que cambiaban con nosotros”.

El nuevo dueño de la tienda de abarrotes ya no cambiaba los cheques de pago por dinero en efectivo de los trabajadores migrantes. Así que los Guedea decidieron que irían a Irvine y continuarían con su servicio.

“Mi padre le dijo a mi madre: ‘sabes que se lo debemos a estos muchachos'”, dijo Medina.

La forma en que Medina lo ve es que: “Murió trabajando duro”.

Dijo Sophie: “Era una excelente persona. Siempre trataba de ayudar a las personas. Lo extraño mucho y lo sigo haciendo hasta hoy, pero la vida tiene que seguir”.


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